Domingo, 17 Septiembre 2017 14:25

Imaginarios de odio contra las mujeres y las niñas

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El feminicidio de Emily Peguero lanza a la superficie larvas misóginas con las que sobreviven mujeres, niñas y jóvenes. Un espejo que muestra un segmento de lo que se esconde, normaliza e institucionaliza en la cotidianidad.

Una muerte configurada a través de tortura con el absoluto propósito de eliminar la voluntad de la adolescente. Percibir a Emily desde su autonomía y libertad de determinación como mujer, joven y ser humana fue el gran factor ausente en quienes se involucraron. Lastimosamente, no son los únicos ni los pocos que así las perciben y actúan en consecuencia.

Pese a contar con marcos legales que establecen el principio de igualdad entre mujeres y hombres, como la Constitución de la República; sentir y percibirlas en todo su ciclo de vida como seres humanas libres e iguales no forma parte de una construcción edificada en los imaginarios colectivos ciudadanos y estatales.

La obtusa resistencia para incorporar en el Código Penal la despenalización del aborto por causales es un vivo ejemplo de la incomprensión para entender que ellas tienen vida propia por la que existir, libertad para tomar decisiones, y trayectorias y planes para transitarlas. El no a la incorporación de la excepción de la norma es un permiso misógino para continuar acabando con sus vidas.

Mientras no cambien disposiciones penales que implícita o explícitamente sustentan imaginarios misóginos de violencias institucionales y estatales contra las mujeres, el odio sobre sus cuerpos seguirá abriendo campo en la masculinidad violenta y las complicidades que la envuelven.

Los imaginarios misóginos también transitan en vías invisibles entre lo institucional, lo colectivo y lo individual sin inspirar responsabilidad para combatirlos y erradicarlos.  A la eliminación de la voluntad de Emily, hasta llevarla a su muerte, le precede un mundo pensando y actuando con odio y violencia hacia ellas, moviéndose entre la contradicción de la igualdad de género y la negación a libertad de su existencia.

Mucho nos falta para alcanzar esa coherencia individual, colectiva e institucional con compromiso real de percibirlas y sentirlas como seres humanas con dignidad plena.  Para empezar con pequeños pasos, un simple ejercicio de no reenviar ni distribuir en redes mensajes sexistas y discriminatorios, podría contribuir a aumentar la sensibilidad de género y conciencia común de respeto hacia sus cuerpos.